jueves, 18 de noviembre de 2010

Ginebra


Este es la historia que escribió Ginebra para el concurso que fue cancelado :(
Dije que lo subiria y aqui esta... y debo agregar que la foto nose si este 100% correcta y se supone que devería ser una mujer...

Oh, mierda. Con tanta gente es imposible… Y qué asco de iluminación… ¿Dónde estás?
¡Ah! Ahí…
Justo después de haber atravesado toda la masa de gente sudorosa, de haberme resbalado a mitad de camino con un charco (¿de bebida? ¿Vómito? No lo quiero saber…), y de haber recibido unos cuantos empujones y pisotones (qué antro…), te he encontrado. Sí, sí, a ti. Ahí estás, sentada sola en una mesa al fondo. El caos del bar te rodea, pero parece que no te enteres. Estás absorta en tus pensamientos. Me encantaría saber lo que pasa por tu mente en estos momentos… Tienes la barbilla apoyada en el puño derecho, el codo sobre la mesa y tu brazo izquierdo extendido sobre ella. Hay un vaso alargado entre tus manos, y está lleno hasta la mitad de refresco, o, al menos, eso parece. Paseas el dedo índice por la superficie empañada del cristal del recipiente, haciendo garabatos distraídamente mientras mantienes fija la vista en ninguna parte...
Qué guapa eres. Te observo desde la barra del bar, detrás de la cual te vi por primera vez. Tu imagen se me quedó grabada al instante. Esa melena negra, esos ojos verdes,…
Desde entonces, siempre acabo en este lugar. Porque siempre estás aquí. Ocupo mi sitio habitual sobre “mi” taburete, y espero.
No han pasado ni dos minutos y la chica que hasta hace un momento estaba echando cañas sale de detrás de la barra y se acerca a ti. Leo en sus labios la frase “Te toca”, y veo cómo sales de tu ensoñación para devolverle la mirada, levantarte, coger tu vaso, todavía lleno y cruzar esa puerta que sólo pueden atravesar los empleados.
Sales a los cinco minutos. El vaso ya no está en tu mano, y tus vaqueros y tu camiseta han desaparecido. En su lugar llevas el mismo “uniforme” que tu compañera anterior: un top con mucho escote y bastante ceñido, unas botas negras de cuero, altas y con tacón de aguja y una minifalda, que más bien parece un cinturón ancho. Te has soltado la coleta, y tu pelo cae en cascada alrededor de tu cara, por los hombros y por la espalda. Tu maquillaje ahora remarca tus ojos y tus labios, y no consigue ocultar tu interior. Nadie se había fijado en ti hace diez minutos, pero ahora todos los hombres del local que se han dado cuenta de tu presencia te miran descaradamente y sin intención de ocultarlo. Reconozco que, al principio, yo era uno de esos. “Al fin y al cabo, para eso están aquí, ¿no? Para alegrarnos la vista” pensaba… Hasta que te miré a los ojos. Fue como ver la luz. Ya no eras “la tía buena que sirve cañas”, sino “la chica que se está ahogando por dentro”.
Atraviesas la distancia que hay entre donde te encuentras y la barra, no sin esfuerzo. Más de un imbécil te da palmadas en el culo o se te acerca demasiado. La sangre me empieza a hervir en las venas, y justo cuando estoy a punto de coger el taburete y abrirle la cabeza a todos y cada uno de los desgraciados que se han atrevido a tocarte, mi conciencia me frena: “No, no puedes hacerlo. No te puedes permitir montar ningún número. Recuerda… ¿de verdad quieres volver a la cárcel?”. Así que cuento hasta 50 con los ojos cerrados mientras intento que mi respiración vuelva a ser regular. Cuando abro los ojos, veo que el tipo que tengo sentado al lado me está mirando. Avergonzado, desvía rápidamente la vista cuando se da cuenta de que lo he pillado taladrándome con la mirada. No puedo evitar sonreír.
-Eh, tranquilo. ¡No suelo morder sin motivo!
El tipo me ignora; está cagado. Por favor… ¿Tan malas pintas llevo? Repaso mi aspecto mentalmente: tipo de 23 años, vaqueros desgastados y rotos por algún que otro lado, con una cadena colgando en el lado izquierdo y un paquete de tabaco asomando; una camiseta sin mangas negra, unas zapatillas de deporte  (bastante destrozadas ya) y el pelo rapado. Ya me empieza a crecer, por cierto. Tengo montones de tatuajes cubriendo mis brazos y parte de mi cuello, y un piercing en la ceja.
Después de pensarlo, y, teniendo en cuenta que el tipo este tendrá unos veinte años más que yo y que viste bastante mejor, puedo imaginarme qué problema tiene mi apariencia que pueda asustar a este hombre. En fin… Nada que no supiera.
Veo que también los guarros que se han atrevido a tratarte como un trozo de carne me miran de vez en cuando, midiéndome. Asquerosos… Si más de uno podrían ser tu padre… Desvío la vista de ellos; el pulso se me está volviendo a acelerar.
-¿Quieres algo?
Tu voz… Es la primera vez que la oigo. No te he visto acercarte, pero sé que esa voz es tuya. Lo sé porque arrastra el dolor que tus ojos muestran. Los miro y me pierdo en ellos. Pero solo por un momento.
-Una caña.
Te alejas hacia la estantería donde están las jarras de cerveza. Eres tan bella…
El hombre que está a mi lado, ese estirado que no deja de mirarme de reojo en cuando se cree que ya me he olvidado de que sigue ahí, también se ha fijado en ti. Es más, te mira el culo descaradamente, como si no hubiese mañana. Uy…
Ahora que está de espaldas a mí, me acerco despacio, y le susurro al oído:
-Recuerdas que he dicho que no muerdo, a menos que tenga motivos, ¿verdad? Bueno, pues ya me estás dando unos cuantos…
La verdad es que no pretendía decirlo en un tono demasiado amenazador, pero si las palabras matasen…
El muy idiota da un respingo sobre el taburete y se queda más tieso que un palo. Centra su atención en el bol de cacahuetes que hay enfrente suyo, como si no hubiese nada más a su alrededor. “Así me gusta; buen chico”.
Ya vuelves con lo que te he pedido. El pulso se me acelera, pero esta vez no es por querer darle a nadie su merecido…
-Aquí tienes.
-Gracias –digo lentamente mientras agarro la jarra de manera que mi mano entre en contacto con la tuya. Eso te sorprende. Por un momento, sales de ese pozo negro en el que pareces encontrarte, me miras a los ojos… y sonríes. Y, con sólo una sonrisa, mi cabeza consigues volver loca.
-De nada… -dices mientras te vuelves a hundir en la oscuridad y te alejas a servir a otras personas.
-¡Espera! –Grito. Más de uno se ha girado a mirarme, pero tú también lo has hecho, y eso es lo que cuenta. Te vuelves a acercar para poder oír lo que te voy a decir. –¿Podrías quedarte un momento?
Veo en tu expresión que no estás muy segura de qué hacer.
-Eh… Tengo trabajo.
-Puedo esperar a que tu turno acabe –digo precipitadamente antes de que te alejes demasiado. Te paras, te giras y me miras, pero no me responde y te alejas.

Después de tres horas y media sigo aquí, pero esta vez estoy sentado en la mesa que antes tú has dejado vacía, en esa en la que esperabas a que tu turno llegase. El bar está ya casi vacío; es muy tarde. Y dudo que los pocos que quedan sean capaces ni siquiera de volver a casa por ellos mismos. Sales de la sala de empleados, esta vez desmaquillada y vestida con tu ropa. Me ves y te sorprendes de que esté aquí aún. Yo no te digo nada, simplemente te miro y te sonrío y deseo en silencio que te acerques. Lo piensas durante unos segundos, y acabas acercándote tímidamente.
-Vaya… No creía que fueses a esperar de verdad –dices nerviosamente mientras, despacio, te sientas en frente mío.
-Bueno, te dije que lo haría –y sonrío al terminar mi respuesta.
-¿Qué quieres? –me preguntas con desgana, mientras te miras las manos.
Podría haberte contestado muchas cosas: “Tu teléfono”, “Saber tu nombre”, “Una cita”,… Pero no.
-Saber qué te pasa. Qué es eso que te atormenta. Y saber por qué te guardas en el alma, bajo llave, lo que sientes.
Me esperaba muchas reacciones: que te ofendiese la pregunta y te marchases sin más, que me dieses una bofetada, que te echases a llorar,… Pero jamás me habría imaginado tu respuesta:
-Me imaginaba que era algo así.
Te quedas en silencio por un momento, dejas de mirarte las manos para mirarme a los ojos. Y, aunque tu pesar no desaparece, me regalas otra sonrisa.
-Dicen que con quien más te sinceras es con alguien que no conoces. Y, bueno… Supongo que necesito hablarlo con alguien…
Te miro atento. Dejas la frase inacabada, apartas la vista hacia otro lado, aprietas las manos y te muerdes el labio inferior. Creo que estás reprimiendo las ganas de llorar.
-Digamos que… -continúas con voz temblorosa.- Yo pensaba que la luna estaría llena para siempre. Sí… supongo que es una frase muy poética, pero tú acabas de decir una similar, y, además, creo que es la descripción que más se acerca a lo que yo sentía. Y creía. -Te secas las primeras lágrimas que resbalan por tu cara.- Era feliz, pero, de pronto, vi cómo todo se desvanecía… Lo peor para mí es no haber sido capaz de parar el tiempo… y… Y luego acabé aquí…
Te pones a llorar. Al principio dudo, pero finalmente me levanto de mi silla, la cojo y la coloco a tu lado, para poder abrazarte. No me rechazas. Y, aunque la verdad es que no me he enterado muy bien de lo que me acabas de contar, sé que necesitas consuelo.
Pasados un par de minutos, dejas de llorar, te limpias la cara y ríes tímidamente.
-Me gustan tus tatuajes… -me dices.
No puedo evitar sonrojarme, aunque creo que no te das cuenta. Todo me da vueltas en la cabeza: que la noche haya acabado así, que haya podido acercarme tanto a ti, que me estés confiando tus sentimientos, que no me juzgues por mi aspecto,…
-Ah… ¿En serio? Creo que eres la primera persona que me lo dice. La primera que no saca conclusiones de mí nada más verme.
-¿A qué te refieres? –Tu voz ya no tiembla. Me pienso la respuesta. Al final, soy yo el que se está sincerando. Qué ironía, ¿no?
-No es que mi aspecto tenga mucho éxito... Y tampoco es que me moleste en desmentir la imagen que la gente tiene de mí… Pero tampoco van muy desencaminados. ¿Sabes? Estuve en la cárcel. Hace un par de años. Resulta que un “amigo” andaba metido en un porrón de líos con la poli, las drogas, el contrabando,… Yo no le delaté nunca. Y él me lo agradeció cargándome el marrón a mí, diciendo que yo era el culpable de todo y que él solo se había limitado a no traicionar a un amigo. Maldito cabrón… Consiguió manipular las pruebas, y mientras yo me pasaba una buena temporadita en la cárcel, él estuvo unos dos meses, por cómplice. Lo soltaron en seguida.
>Lo mejor de todo es que él siempre vestía de punta en blanco. Y nadie dudó de su testimonio en cuanto me vieron a mí.
Por un momento, el silencio inunda el bar.
-Te creo… Desde el primer día que te vi por aquí supe que eras un tío legal.
No puedo creer tu respuesta. Disimulo mi asombro.
-Así que me has visto todos estos días buscando tu mirada entre los ojos de la gente, ¿no es así?
Me miras, y, otra vez, con sólo una sonrisa, mi cabeza vuelves loca.

2 comentarios:

Ginebra dijo...

Muchas gracias, Existencia :) La foto está bien ;)

Heidi y Avril dijo...

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